—Aléjate de la orilla —la voz de mi madre me sobresalta y casi me provoca que me incline hacia adelante, siento la sacudida en mi estómago, el vértigo—, no sé cuántas veces tengo que decírtelo.
—No pasa nada, mamá, no me voy a caer.
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El día que ella se fue las cosas dejaron de tener sabor.
No estoy hablando de en un sentido poético, ni tampoco es una metáfora para decir lo mucho que me afectó su partida. No sólo me pasó a mí, todos en el pueblo dejamos de poder saborear las cosas.
El primero en darse cuenta fue el hijo del panadero, cuando probó un pedazo de los rollos de canela que recién sacaba del horno. Masticó confundido el pedazo de masa, suave y crujiente al mismo tiempo, perfecto; excepto que no sabía a nada. Lo mismo hubiera dado que masticara aire. Confundido robó un pellizco de las conchas, obteniendo el mismo resultado. Cuando su padre lo encontró habiendo picado todos y cada uno de los panes casi lo agarra a nalgadas, pero decidió probar aquella afirmación tan extraña.
Doña Corina, la tortillera, fue la segunda en darse cuenta. O en realidad Don José, que le acababa de comprar su acostumbrado kilo de todas las mañanas y se había enrollado su tortilla con sal para írsela comiendo le reclamó, y luego de que ambos se atiborraran hasta confirmar que ninguna sabía a nada empezó el caos.
Pero fui yo la que se dio cuenta de que ella no estaba. Cuando abrí los ojos y encontré la cama vacía a mi lado no me sorprendió, pues ella siempre se despertaba temprano para beber el agua del rocío directo de las flores y recoger las verduras de la huerta, los huevos recién puestos por nuestras gallinas y ordeñar a Matilde, la vaca. Pero luego de que pasaron las horas y ya tenía yo el té de frutos rojos y los sopesitos enfriándose, empecé a preocuparme.
La busqué, por supuesto, pero no estaba en la huerta, ni en el establo, ni en los jardines, ni en el bosque, ni en el pueblo. Fue ahí cuando me encontré con el panadero y su hijo, Doña Corina y Don José y con los otros tantos que acababan de descubrir que la comida no sabía a nada. Nadie la había visto tampoco.
Ni una cartita me dejó, sólo la tristeza y la falta de sabor a las cosas.
Ya todos han dejado el pueblo, se han ido a buscar si en otros lados las cosas saben, pero yo aquí la espero, con la esperanza de que volverá, y que, con ella, volverán los sabores.
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Los niveles de contaminación del aire y el agua habían llegado a ser tan altos que animales, plantas y personas estaban muriendo a una velocidad escalofriante. Era cuestión de tiempo para que toda la vida del planeta se consumiera por los gases tóxicos que los humanos creamos en nuestro afán de grandeza y nuestra avaricia de poseerlo todo. Habíamos sido arrogantes, ahora pagábamos las consecuencias.
Mi hermano
y yo supimos que debíamos hacer algo al respecto, antes de que fuera demasiado
tarde. Éramos los inventores más importantes del mundo, teníamos el dinero y
recursos para construir algo para salvar a todos. Así que decidimos ponernos
manos a la obra.
Íbamos contrarreloj
y el que ninguno de nuestros prototipos funcionara completamente nos tenía al
borde de la desesperación. Pero entonces, cuando estábamos por rendirnos encontramos
la fórmula exacta.
Construimos
la máquina lo más rápido que pudimos, sin descanso día y noche. Finalmente la
terminamos: una esfera de cristal, conectada al motor que succionaría las
toxinas, en la base, lo que funcionaría como su combustible, unos tubos en su
exterior, siguiendo la forma de la esfera. por los que pasaría el aire purificado
y arriba de la esfera la chimenea que soltaría el aire limpio. Nos metimos en ella,
vestidos con trajes sellados y casco. El volante en el centro tenía que ser
propulsado por nosotros al principio, para que luego empezara a funcionar por
si sola. Con toda nuestra fuerza movimos el volante y la esfera empezó a girar,
cada vez más velozmente. La sacudida en nuestros estómagos era una mezcla entre
el vértigo por los giros y la emoción de que estaba funcionando.
Giramos y
giramos. Hasta que incluso esa sensación en la panza se había detenido y empezábamos
a aburrirnos por que bajaba la velocidad, y entonces volvíamos a aplicar
nuestra fuerza para volver a girar rápido. Así pasamos un buen rato, casi una
hora. Hasta que mareados y sonrientes salimos de ella. Notamos de inmediato que
había funcionado, pues incluso la visibilidad era mejor, no flotaban los gases venenosos
a nuestro alrededor.
Así fue
como conseguimos salvar el mundo.
Justo a
tiempo, pues en ese momento salió nuestro padre a gritarnos que ya era hora de
regresar a casa. Nos despedimos de nuestra creación y la dejamos atrás en ese
campo de juegos, donde pasábamos las tardes al salir de clases.
Y aún sigue
ahí. Nadie sabe que es nuestro invento, ni su verdadera función: purificadora
de aire, fábrica de burbujas, nave espacial, submarino... cada día algo distinto.
Pero cada que alguien se sube y hace girar su mecanismo, sale viendo el mundo
mucho más luminoso.
Nuevamente has fallado, y te queda una noche más, un intento final, si fallas lo perderás todo. Maldices el día que aceptaste hacer ese trato, maldices las decisiones que te llevaron a tal punto de desesperación que recurriste a ese mal hombre, maldices a tu padre, cuyas mentiras te llevaron a esa situación.
Te engañó, así son los de su clase, pero tú confiaste en un intento estúpido de proteger tu vida. Nunca pensaste que cuando llegara el momento de cumplir con el trato no podrías. No soportas la idea de perderlo, jamás creíste que lo amarías tanto. En su momento era una posibilidad de vida contra la certeza de la muerte. Ahora piensas que hubiera sido mejor escoger lo segundo.
Acaricias su carita regordeta, su mejilla suave y tierna y se remueve en sueños quejándose. Retiras las mano. No quieres despertarlo. Te inclinas para darle un beso en su frente, apenas un roce de labios y te aseguras de taparlo bien antes de salir de la habitación.
Sobre la mesilla del pasillo hay una tarjeta, la tomas con extrañeza; no estaba antes ahí. Es una tarjeta con impresión de oro. Hay un nombre: Robyn Brake, un título: Abogado feérico y una dirección. Una idea se forma en tu mente. Quizás este hombre pueda ayudarte en tu predicamento.
***
Empiezas a dudar de que realmente pueda ayudarte. El lugar al que te lleva la dirección es un edificio destartalado y viejo, casi parece abandonado si no fuera porque ves luces en las ventanas y un gnomo de nariz abultada te recibe en la entrada. Le muestras la tarjeta y te señala el elevador.
—Piso 13, al fondo.
Una de las luces del pasillo titila de manera un poco tétrica y recorres el pasillo casi corriendo hasta llegar a la puerta. En ella hay una placa que confirma que estás en el lugar correcto.
Tocas.
La puerta se abre sola. Y al entrar lo primero que ves es a una sirena en una piscina de plástico tecleando algo en su celular.
—¿Puedo ayudarte en algo, preciosura? —te dice con una sonrisa repleta de colmillos.
—Busco al señor Brake.
Levanta el teléfono fijo y aprieta un botón.
—Tienes una cliente.
Hace un gesto con la mano para indicarte que entres por la otra puerta.
El abogado es un hombre bastante apuesto, vestido con un traje verde. Las orejas puntiagudas, el cabello rojo y los ojos amarillos, como de gato, son lo único que delata su naturaleza feérica.
—¿En qué puedo ayudarte?
Le explicas tu problema, le cuentas con detalle desde la noche que se apareció en esa torre y te convenció de hacer el trato y cómo un año después exacto del nacimiento de tu hijo se había presentado para reclamarlo. Aguantando las lágrimas le explicas cómo te dio otra oportunidad, con una condición que al principio parecía sencilla de cumplir pero luego se convirtió en algo imposible.
—Ah, ya veo —dijo Robyn Brake peinándose los bigotes con los dedos—. ¿Puedo ver el contrato?
Dudas.
—¿El contrato?
—Sí, sí, el papel que firmaste.
—No firme nada —dices con esperanza, entonces el trato no es válido.
—¿Le diste las gracias por el favor que te otorgó?
Asientes con la cabeza. El abogado suspira.
—Entonces no puedo hacer nada, me temo. Si hubiera un papel escrito podría encontrarle la falla, una forma de burlar las reglas, como sabrás es nuestra especialidad, pero así no puedo hacer nada. El vínculo es irremediable.
El nudo en tu garganta amenaza con asfixiarte y no puedes evitar echarte a llorar.
—Sin embargo… —Algo de esperanza—. ¿Dices que te queda una noche para adivinar su nombre? —Asientes—. Bueno, pues sólo tienes que adivinarlo.
Te ríes, llena de frustración.
—No puedo adivinarlo. Ya le dije todos los nombres que se me ocurrían, investigué cientos de nombres en internet, en libros, me inventé cosas… ¡nada!
El abogado sonríe, inclinándose hacia el frente y susurrando, como si te fuera a revelar el nombre de tu atormentador te dice:
—Espíalo. Ve ahora mismo al bosque, y escóndete bien. Estoy seguro de que obtendrás la respuesta.
Te limpias las lágrimas y haces un amago de sonrisa.
—Gra… —Brake levanta la mano enfrente suyo para detenerte.
—No agradezcas nunca a alguien como nosotros. Ya ves lo que pasa. Matilda te cobrará al salir.
***
Haces lo sugerido. Te escabulles en el bosque y te ocultas detrás de unos matorrales apenas ves una fogata en un claro. Escuchas claramente que alguien celebra algo y reconoces la voz. Entre risas demoniacas alcanzas a escuchar muy claro.
«Esa tonta jamás podrá adivinar, pues mi nombre es Rumpelstiltskin»
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
Portales a domicilio
—¿Me quieres explicar qué es esto?
El periódico cae sobre la mesa con un
sonoro plaf que hace que las libélulas salgan volando asustadas.
Saoirse le da un trago a su té y contempla
con sus enormes ojos del color de la tierra húmeda a su madre, sin inmutarse ni
contestarle. Ella vuelve a tomar el periódico y lo sacude frente a ella. Señala
un anuncio, su anuncio. La niña —que no es una niña en realidad, sólo parece una—
parpadea lentamente y se encoje de hombros, dándole otro sorbo a su té.
Su madre suspira. Las flores y los árboles
se mecen como agitados por una gentil brisa. Se acomoda el periódico frente a
ella, se sostiene los lentes frente a los ojos con una mano y comienza a leer fingiendo
la voz para hacerla más aguda.
—«¿Estás harto del mundo humano? Seguramente
alguna vez has soñado con ir al mundo de las hadas. Con pasear por un jardín
encantado y bailar bajo la luz de la luna en una eternidad que parece un
segundo. Perderte en el bosque y despertar en el palacio de la corte de la
reina Maeve». ¡Saoirse!
La niña sonríe y vuelve a encogerse de
hombros.
—¿Qué tiene? Tus jardines son los más
bonitos.
La reina Maeve niega con la cabeza y sigue
leyendo.
—«Montar dragones y cabalgar en lomos de
unicornios. Vivir las aventuras más maravillosas, cosas que sólo ocurren en los
cuentos. O eso crees tú.
»Habrá momentos, que en ese momento
cuando estás a punto de quedarte dormido vengan a tu imágenes de los verdes
campos del País de las Hadas, de Oz, de Narnia o del País de las Maravillas. Y
que sientas esa nostalgia por un lugar lejano a que nunca fuiste, al que no
lograste ir.
»Pues no esperes más. Por el reducido
precio de un tazón de leche con miel y un kilo de frutos del bosque —de
preferencia recién recogidos—, ¡viaja a donde tú quieras!*»
Se hizo un silencio cuando termina de
hablar, sólo se escuchan los pájaros y grillos en su concierto de medio día.
—¿Y bien?
—Pues estoy aburrida.
—Querida mía, —Maeve se sienta enfrente
de ella, desaparece el periódico y la toma de las manos—, sabes que ya no
tenemos permitido entrometernos en el mundo de los humanos.
Saoirse arruga la nariz y frunce la boca
mientras se cruza de brazos.
—¿Y qué me dices de mi tía? ¿Por qué
ella sí puede ir por ahí dando dinero a los niños por las noches a cambio de
sus dientes y yo tengo que quedarme aquí aburrida? Y Morfeo igual, va por ahí
regalando sueños por doquier a cambio de un pedacito de sus recuerdos.
—Ellos son distintos, tú lo sabes. Cuando
hicimos el acuerdo con la bruja de las Brumas se acordó que ciertos
intercambios eran necesarios para mantener el equilibro de la magia.
—No sólo ellos —agrega Saoirse—. Duendes,
chaneques y los cambia formas están ahí contentísimos, pasándola bien,
molestando a los humanos y sus animales.
—Ellos siempre han hecho lo que les
place.
—¿Y nosotros no?
Maeve suspira y mira a su hija. Le recuerda
a ella misma cuando apenas llevaba unos siglos sobre la tierra, cuando los
límites entre ambos mundos eran mucho menos tangibles. Ya no es una niña,
—Los humanos son malvados, crueles y egoístas.
Por eso nos alejamos de ellos. Pero si quieres hacerlo, no te detendré.
***
Saoirse se divertía. Encontraba
fascinante observar a los humanos y sus objetos. Disfrutó de lo lindo llenando el
agujero en el árbol al que había convertido en su hogar temporal de cachivaches
varios y robando comida en las casas. Jugando con los animales domésticos y con
los salvajes, que se parecían a los animales de su hogar.
Se río a carcajadas la primera vez, en
la ilustración de un libro que sacó de la biblioteca central, lo que las personas
consideraban era un hada. Se hubiera sentido ofendida, pero en lugar de eso,
decidió tomar esa apariencia. Después de todo, las mujeres humanas eran lindas
también.
***
Su primer cliente fue una mujer anciana,
que le contó que de niña había estado tres días en un reino de hielo. Ahora, en
su vejez, ansiaba con regresar a los congelados parajes y volver a ver al
príncipe de piel azul y ojos blancos que había bailado con ella durante la
fiesta del solsticio de invierno.
Luego la buscaron dos niños, hermanos
gemelos que no se ponían de acuerdo de a dónde querían ir. Entre risas le
pidieron que ella decidiera, así que los mandó al reino de la indecisión, donde
nunca nadie toma decisiones y se dejan guiar por una enorme brújula en el
centro de la plaza principal.
Un hombre joven, con el corazón lleno de
melancolía por la pérdida del hombre al que había amado toda su vida a manos de
una enfermedad, le pidió un portal al inframundo, para ir a buscarlo. Saoirse
le advirtió de los peligros, él insistió.
Un par de personas quisieron engañarla,
no querían portales, sólo comprobar si era real el anuncio. Algunos intentaron
atraparla, otros tomarle fotos y hubo una mujer que dijo que le pagaría por día
si dejaba que las personas la vinieran a ver, como si fuera una pieza en un
museo.
Abrió portales a distintos mundos. Y
conoció a muchas personas. Su corazón rebosaba de alegría de estar haciendo
algo que siempre había querido. Le emocionaba lo divertido que era todo.
***
Alguien la está llamando.
La despierta el delicioso aroma de la
leche tibia y la frescura de las fresas y zarzamoras. Estira sus recién
adquiridas alas, parecidas a las de las mariposas monarcas y las sacude para
desentumirlas, bostezando sin taparse la boca.
Su cliente es una mujer. No es distinta
a las demás que ha visto en el mundo humano, todas tienen la mortalidad en la
mirada y la falta de magia en el aura. Tiene una expresión triste, cansada y
los años se marcan en su piel. Cuando descubre a Saoirse devorando una fresa
sus ojos se abren enormes de sorpresa. Todos reaccionan así. Al preparar el
pago siempre lo hacen con cierto escepticismo, esperando que no ocurra nada, en
realidad. Incluso los niños, pues sus padres siempre les han dicho que las
hadas no existen.
Se presenta, haciendo una exagerada
reverencia que hace reír a la humana. Saoirse adora ese sonido, es un
repiqueteo maravilloso que siempre suena distinto y que la llena de una
sensación placentera.
—¿Y bien? ¿A dónde quieres ir? —pregunta
limpiándose la boca con su mano luego de beber la deliciosa leche con miel.
La mujer, cuyo nombre es Aurelia,
suspira.
—A decir verdad… —la voz le tiembla y
Saoirse adivina lo que sigue—, no quiero ir a ninguna parte.
—Entonces me voy.
—¡No! Espera. Te daré más frutas, o lo
que quieras. —Saoirse de detiene en seco y voltea a verla cruzando los brazos—.
¿Podrías quedarte? Sólo una hora, si quieres.
—¿A hacer qué?
—¿Me contarías una historia?
Las historias son la cosa favorita de
Saoirse, así que no puede resistirse a eso y accede.
—Con una condición, debes contarme tú
una a cambio.
***
Se convirtió en una recurrencia. Cada
día intercambiaban historias. Aurelia era escritora, tenía cientos de cuentos,
la mayoría sin terminar. Pero no importaba que no tuvieran final, no a Saoirse,
porque los cuentos no deberían tener final, en su opinión. El final es un
concepto humano, pues ellos sí tienen uno, o eso creen, incluso quienes tienen
el concepto del más allá, pero para ella, un ser del Reino de las Hadas no
existía el final. Los cuentos que ella misma contaba eran incompletos, también.
Un día, cuando habían pasado ya varios
años desde aquella vez que la conoció, al terminar de contar cada una su
historia, Aurelia, a quien el cabello oscuro se le había vuelto blanco, le dijo
que ya sabía a dónde quería ir.
—Mándame al lugar del que vienes tú.
—¿Eso quieres? —Saoirse se sentía triste
de que su amiga fuera a abandonarla se había acostumbrado a acudir a su casa
día con día.
Aurelia asintió.
—Bien. Te gustará, eso seguro. No hay
lugar más hermoso.
***
Siglos después, apenas unos meses en el Reino
de las Hadas, Saoirse volvió. Se había cansado de mandar gente a otras partes.
Se había aburrido de la monotonía del mundo humano y lo que alguna vez le parecía
novedoso o emocionante, se le hacía repetitivo.
Maeve
la recibió con un banquete, todo el reino se regocijaba de su vuelta y ella no
podía sentirse más feliz de estar ahí.
En
una esquina de la mesa, entre silfos y nereidas Saoirse descubrió un rostro familiar.
Trató de acordarse, pues estaba segura de que esa persona no pertenecía a ese
mundo.
—¿Quién
es ella? —le preguntó a su mamá.
—La
tejedora de historias —le respondió—, dijo que era tu amiga.
De
pronto lo recordó. A su mente vinieron aquellas tardes y noches que pasó en
compañía de esa mujer.
«Aquí
no tienes que terminar tus historias para que sean apreciadas».
Aurelia
le sonrió, saludándola con la mano. En sus ojos ya no pesaba la mortalidad.
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“Este relato participa en el Reto Spring Fairy’s organizado por TanitBeNajash”
En su modalidad difícil.
Total de palabras: 1527
Palabras usadas del reto: jardín, lejano, azul, magia, risas, niñe, melancolía, bruja, bruma, engaño, brisa, frutos del bosque, corazón, leche y miel, contemplar, sueños
He came to me with the sweetest
smile
Told me he wanted to talk for a while
He said Peter Pan that's what they call me
I promise that you'll never be lonely.
Lost Boy ~
Ruth B.
El aire
helado de la noche te cala la piel y te hace estremecerte incluso bajo el
abrigo que te pusiste sobre la pijama de felpa para tratar de soportar el frío.
No quieres cerrar la ventana. No puedes hacerlo. ¿Qué tal que él llega y la
encuentra cerrada?
Porque va a
venir, lo prometió. Por eso esperas.
Pacientemente
a veces, al borde de la desesperación otras. Las noches cálidas aprecias la
brisa; no tanto a los mosquitos que se meten libremente y se dan un festín con
tu sangre. Las noches frías es un poco más difícil. Al menos no vives en
Londres donde el frío es el común denominador y a estas alturas del año la
nieve cubre las calles. El frío aquí es mucho más manejable. Las noches con
lluvia son las peores, tienes que recorrer tu cama y quitar las cosas del piso;
poner cubetas para tratar de captar el agua y trapear cada tanto para evitar
que la duela se hinche.
Te
preguntas cuánto más tardará, porque el tiempo se te acaba, la vida se te
escapa.
Cuando la
espera se te hace casi insoportable te hundes en la memoria. Recuerdas la
primera vez que te visitó en esa misma habitación, su risa tintineante cuando
encontró su sombra colgada en tu closet, perfectamente planchada y procedió a
arrugarla intentando engraparla a sus zapatos. El grito que pegó cuando la
grapa atravesó su suela y se encajó en su dedo te despertó. Pensaste que se
había metido un ladrón y estuviste a punto de llamar a gritos a tu madre cuando
escuchaste que lloraba, eso te detuvo. Saliste de tu cama y te acercaste en
puntitas al niño apenas un poco mayor que tú que lloraba mientras se sobaba el
pie y sostenía con el puño la sombra.
—¿Por qué
lloras?
El niño se
sobresaltó y pegó un brinco del que no bajó. Tus ojos se abrieron enormes al
ver que estaba flotando.
—¡Sabes
volar! —exclamaste.
El niño,
sonrió con suficiencia.
—Pues
claro, ¿tú no?
Negaste con
la cabeza.
—Pues te
voy a enseñar. Pero antes, —levantó la sombra que se retorcía intentando
escapar del agarre—, ¿me ayudas a pegarme esto? La muy traviesa se me volvió a
escapar porque se rompieron las costuras. ¿Sabes coser?
Negaste con
la cabeza, de nuevo.
—Puedo
pegarla con algo —sugeriste y fuiste a tu escritorio a buscar la pistola de
silicón en uno de los cajones; cuando lo abriste una lucecita se paseó frente a
ti produciendo un tintineo y se fue volando. Revoloteó produciendo más de ese
tintineo alrededor del chico.
—Ups,
perdón —dijo el niño a la luz—, no me fijé. No te enojes conmigo.
Te divirtió
ver cómo intentó alejar a la lucecita que atacaba su rostro con una mano.
Ayudaste a pegar la sombra que dejó de agitarse sin orden y replicó los
movimientos de su dueño como lo suelen hacer las sombras.
Entonces se
presentaron y supiste que su nombre era Peter Pan. Te enseñó a volar, con la
ayuda del polvo mágico de Campanita, el hada, y pensamientos felices. Luego de
volar varios minutos por tu habitación te habló de Nunca Jamás. De sirenas,
piratas, la tribu de Tigridia; de aventuras, juegos y aves con nidos en
sombreros. No dudaste en acompañarlo cuando te lo pidió.
A veces te
entra la duda. ¿Y si fue todo un sueño? Tu psiquiatra y tu padre dicen que lo
fue: «una fantasía producto del trauma por el tiempo que te tuvieron los
secuestradores». Pero sabes que es real. Tienes el collar de bellotas que te
dio, la pluma del ave y la escama de sirena que te dio una de ellas en
agradecimiento por haberla rescatado de un tiburón para probarlo. Aunque para
ellos no sea muestra suficiente, para ti sí.
Fueron los
mejores meses —¿o años?, el tiempo no funciona igual en ese lugar— de tu vida.
Pero tuviste que irte, tu madre estaba enferma cuando te marchaste con Peter
sin dejar siquiera una nota de despedida. Lo habías olvidado, pero de pronto lo
recordaste y te dio miedo que le hubiera pasado algo en tu ausencia. Con
frecuencia te arrepientes de haber tomado esa decisión. Cuando le dijiste a
Peter lo tomó mal, hizo un berrinche impresionante que hizo que todos los
árboles de Nunca Jamás se quedaran sin hojas. Pero luego de eso te regaló el
collar y te llevó de vuelta a tu casa.
Cuando lo
viste en el marco de tu ventana, dispuesto a volver sentiste miedo y lo
detuviste.
—¿Volverás
por mí? Sólo quiero asegurarme de que mi mamá está bien.
—Volveré.
Lo prometo —te dijo sonriendo de esa manera que tanto te gustaba y se fue
volando. Lo observaste alejarse hasta que dejaste de verlo.
No va a
romper su promesa, te repites. Es solo que el tiempo en Nunca Jamás es
distinto, y quizás para Peter no ha pasado tanto como para ti. Tampoco tiene
manera de saber que debe apresurarse, de que una maldita enfermedad consume tus
entrañas y tu cuerpo lenta pero inevitablemente. La misma enfermedad que se
llevó a tu mamá.
Tiemblas de
nuevo cuando te acercas aún mas a la ventana para mirar. Tu enfermera insiste
en que no es bueno que tu cama esté pegada a la ventana si la vas a tener abierta.
Tu cuerpo resiste menos el frío y una gripa podría matarte. Pero te gusta mirar
las estrellas. Te imaginas que lo ves de lejos y le gritas, y él llega volando
sonriendo y te abraza. Se ríe en tu oído y en tu mente casi puedes escuchar
cómo dice:
—Tengo
muchas aventuras que contarte, por eso no vine por ti, estuve ocupado. ¡Pero ya
estoy aquí! Como lo prometí.
Te toma la
mano y de un brinco se van los dos volando a la segunda estrella a la derecha,
hasta el amanecer.
La
enfermera entra y lo primero que hace es reñirte por dormir otra vez con la
ventana abierta. Se acerca a tomarte el pulso y darte tus medicinas. Pero ya no
puede hacer ninguna de las dos cosas. Ya no estás ahí, has vuelto a casa.
Neverland is home to lost boys like
me
And lost boys like me are free.
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