He came to me with the sweetest
smile
Told me he wanted to talk for a while
He said Peter Pan that's what they call me
I promise that you'll never be lonely.
Lost Boy ~
Ruth B.
El aire
helado de la noche te cala la piel y te hace estremecerte incluso bajo el
abrigo que te pusiste sobre la pijama de felpa para tratar de soportar el frío.
No quieres cerrar la ventana. No puedes hacerlo. ¿Qué tal que él llega y la
encuentra cerrada?
Porque va a
venir, lo prometió. Por eso esperas.
Pacientemente
a veces, al borde de la desesperación otras. Las noches cálidas aprecias la
brisa; no tanto a los mosquitos que se meten libremente y se dan un festín con
tu sangre. Las noches frías es un poco más difícil. Al menos no vives en
Londres donde el frío es el común denominador y a estas alturas del año la
nieve cubre las calles. El frío aquí es mucho más manejable. Las noches con
lluvia son las peores, tienes que recorrer tu cama y quitar las cosas del piso;
poner cubetas para tratar de captar el agua y trapear cada tanto para evitar
que la duela se hinche.
Te
preguntas cuánto más tardará, porque el tiempo se te acaba, la vida se te
escapa.
Cuando la
espera se te hace casi insoportable te hundes en la memoria. Recuerdas la
primera vez que te visitó en esa misma habitación, su risa tintineante cuando
encontró su sombra colgada en tu closet, perfectamente planchada y procedió a
arrugarla intentando engraparla a sus zapatos. El grito que pegó cuando la
grapa atravesó su suela y se encajó en su dedo te despertó. Pensaste que se
había metido un ladrón y estuviste a punto de llamar a gritos a tu madre cuando
escuchaste que lloraba, eso te detuvo. Saliste de tu cama y te acercaste en
puntitas al niño apenas un poco mayor que tú que lloraba mientras se sobaba el
pie y sostenía con el puño la sombra.
—¿Por qué
lloras?
El niño se
sobresaltó y pegó un brinco del que no bajó. Tus ojos se abrieron enormes al
ver que estaba flotando.
—¡Sabes
volar! —exclamaste.
El niño,
sonrió con suficiencia.
—Pues
claro, ¿tú no?
Negaste con
la cabeza.
—Pues te
voy a enseñar. Pero antes, —levantó la sombra que se retorcía intentando
escapar del agarre—, ¿me ayudas a pegarme esto? La muy traviesa se me volvió a
escapar porque se rompieron las costuras. ¿Sabes coser?
Negaste con
la cabeza, de nuevo.
—Puedo
pegarla con algo —sugeriste y fuiste a tu escritorio a buscar la pistola de
silicón en uno de los cajones; cuando lo abriste una lucecita se paseó frente a
ti produciendo un tintineo y se fue volando. Revoloteó produciendo más de ese
tintineo alrededor del chico.
—Ups,
perdón —dijo el niño a la luz—, no me fijé. No te enojes conmigo.
Te divirtió
ver cómo intentó alejar a la lucecita que atacaba su rostro con una mano.
Ayudaste a pegar la sombra que dejó de agitarse sin orden y replicó los
movimientos de su dueño como lo suelen hacer las sombras.
Entonces se
presentaron y supiste que su nombre era Peter Pan. Te enseñó a volar, con la
ayuda del polvo mágico de Campanita, el hada, y pensamientos felices. Luego de
volar varios minutos por tu habitación te habló de Nunca Jamás. De sirenas,
piratas, la tribu de Tigridia; de aventuras, juegos y aves con nidos en
sombreros. No dudaste en acompañarlo cuando te lo pidió.
A veces te
entra la duda. ¿Y si fue todo un sueño? Tu psiquiatra y tu padre dicen que lo
fue: «una fantasía producto del trauma por el tiempo que te tuvieron los
secuestradores». Pero sabes que es real. Tienes el collar de bellotas que te
dio, la pluma del ave y la escama de sirena que te dio una de ellas en
agradecimiento por haberla rescatado de un tiburón para probarlo. Aunque para
ellos no sea muestra suficiente, para ti sí.
Fueron los
mejores meses —¿o años?, el tiempo no funciona igual en ese lugar— de tu vida.
Pero tuviste que irte, tu madre estaba enferma cuando te marchaste con Peter
sin dejar siquiera una nota de despedida. Lo habías olvidado, pero de pronto lo
recordaste y te dio miedo que le hubiera pasado algo en tu ausencia. Con
frecuencia te arrepientes de haber tomado esa decisión. Cuando le dijiste a
Peter lo tomó mal, hizo un berrinche impresionante que hizo que todos los
árboles de Nunca Jamás se quedaran sin hojas. Pero luego de eso te regaló el
collar y te llevó de vuelta a tu casa.
Cuando lo
viste en el marco de tu ventana, dispuesto a volver sentiste miedo y lo
detuviste.
—¿Volverás
por mí? Sólo quiero asegurarme de que mi mamá está bien.
—Volveré.
Lo prometo —te dijo sonriendo de esa manera que tanto te gustaba y se fue
volando. Lo observaste alejarse hasta que dejaste de verlo.
No va a
romper su promesa, te repites. Es solo que el tiempo en Nunca Jamás es
distinto, y quizás para Peter no ha pasado tanto como para ti. Tampoco tiene
manera de saber que debe apresurarse, de que una maldita enfermedad consume tus
entrañas y tu cuerpo lenta pero inevitablemente. La misma enfermedad que se
llevó a tu mamá.
Tiemblas de
nuevo cuando te acercas aún mas a la ventana para mirar. Tu enfermera insiste
en que no es bueno que tu cama esté pegada a la ventana si la vas a tener abierta.
Tu cuerpo resiste menos el frío y una gripa podría matarte. Pero te gusta mirar
las estrellas. Te imaginas que lo ves de lejos y le gritas, y él llega volando
sonriendo y te abraza. Se ríe en tu oído y en tu mente casi puedes escuchar
cómo dice:
—Tengo
muchas aventuras que contarte, por eso no vine por ti, estuve ocupado. ¡Pero ya
estoy aquí! Como lo prometí.
Te toma la
mano y de un brinco se van los dos volando a la segunda estrella a la derecha,
hasta el amanecer.
La
enfermera entra y lo primero que hace es reñirte por dormir otra vez con la
ventana abierta. Se acerca a tomarte el pulso y darte tus medicinas. Pero ya no
puede hacer ninguna de las dos cosas. Ya no estás ahí, has vuelto a casa.
Neverland is home to lost boys like
me
And lost boys like me are free.
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Gracias por leer. Se agradecen los comentarios ❤
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